Tegmo: espejo, espejo mágico…
Al optar por trabajar con un material original, este artista inclasificable juega con los reflejos de la luz y con los del alma humana.
Ya sea que te las encuentres por casualidad en las calles de París o en las paredes de una galería, las obras de Tegmo llaman la atención por su belleza, pero también por la multitud de interpretaciones que permiten. Para este florista de profesión, que se convirtió en artista sin haberlo buscado y que descubrió el arte callejero un poco por casualidad, este medio se ha convertido en una forma de expresión y de introspección.
¿Cómo se te ocurrió la idea de estas piezas tan originales?
Las vidrieras siempre me han fascinado. En 2009 dejé de fumar y necesitaba encontrar algo con lo que mantener las manos ocupadas. Empecé recuperando los trozos de un posavasos roto y encontré la manera de unirlos. No sé si es la correcta, pero es la mía y me vale [risas]. Un amigo, que estaba lanzando una aplicación de deportes de deslizamiento urbano, me pidió que le creara una versión de su logotipo: un triángulo con un apóstrofo. Imaginé una pieza y la pegamos con masilla, que luego cubrí con un trozo de espejo como fondo.
¿De ahí te vino esa afición por este material?
Exactamente. Al descubrir los reflejos de la luz… No lo analicé hasta más tarde, pero, al reflejar la luz, los espejos crean juegos de perspectivas múltiples, transformando cada estancia en una obra viva y cambiante. Cada ángulo de visión revela nuevos aspectos, invitando al espectador a una exploración constante e incluso a una introspección profunda. La idea es percibir de otra manera los detalles del mundo que nos rodea. Además, tradicionalmente, una obra debe estar más bien protegida del sol. En el caso de las mías, es al revés: con el espejo, se puede jugar con la luz.
¿Cómo «te convertiste en artista»?
Después de esa primera experiencia en 2019, empecé a pegar cosas en la calle, solo por diversión; al principio eran obras grandes, pero me las quitaban con demasiada frecuencia [risas]. Ahora pego obras pequeñas, simples triángulos; siempre llevo algunos en los bolsillos. Al verlas, algunas personas me preguntaron si las vendía; nunca se me había ocurrido [risas]. Empecé con un precio ridículo, solo para pagar mi material. La artista Mais oui tu es belle, que pega espejos grabados al ácido, me propuso una colaboración, lo que me permitió entrar en una galería. ERBK, en la calle Mazarine, me ofreció una exposición individual que tuvo mucho éxito. Así que tuve que elegir entre seguir con mi trabajo de florista y lanzarme como artista. Como tenía algo de dinero ahorrado, di el paso.
¿Ha cambiado tu forma de trabajar desde entonces?
En parte. Paso mucho más tiempo en el taller. He perfeccionado mi técnica y he ganado en destreza. También he reflexionado sobre lo que hago. Me he dado cuenta de que mis obras reflejan mi estado de ánimo. Cuando estoy bien, uso facetas grandes; cuanto más lío tengo en la cabeza, más pequeñas son las piezas [risas]. Hoy en día, puedo experimentar nuevas vías. Por ejemplo, piezas que pueden girar 360° con un sistema de sujeción. Está el sentido original —el de la firma—, pero cada uno puede manipularla e interpretarla a su manera. Ahora mismo también me interesa la pasta de vidrio de colores, pero también las esculturas y las piezas en las que integro pequeños tubos que pueden servir como jarrones para una sola flor.
¿Nunca te han reprochado que haces más decoración que arte?
La verdad es que no. Mi trabajo desvía un poco la función principal del espejo, que ya no sirve para mirarse a uno mismo, sino para ver de otra manera el mundo que nos rodea y redescubrir detalles olvidados. Se trata de borrar el lado utilitario del espejo y rechazar su narcisismo primario. Para mí, una obra de arte no tiene por qué ser «útil». Pero soy consciente de que hay una ambigüedad… A veces también personalizo objetos: latas de spray como guiño al graffiti, zapatos de la marca 127 heures, ropa… De hecho, es interesante estar en la encrucijada. Y eso permite que el arte se cuele en todas partes.
Tu próxima exposición es una colaboración con Clément Herrmann. ¿Te gusta este tipo de trabajo?
Sí, es genial trabajar con Clément. En la calle, me gusta hacer cosas con otros artistas, como TocToc o Dark; eso forma parte del espíritu urbano. Hace dos años, el centro cultural Bessie Smith, en el distrito XII, me ofreció su espacio, poco después de una exposición individual. No me apetecía volver a hacer lo mismo y se me ocurrió invitar a unos quince amigos artistas a trabajar en mis obras. ¡Fue genial! Pero no quiero hacer una colaboración solo por hacerla, tiene que haber un encuentro humano y artístico, que lo pasemos bien, que nuestros universos se complementen, que me plantee un reto, me permita experimentar nuevas direcciones y me haga sufrir un poco [risas]. Por cierto, también tengo un proyecto con Bebar…







